Leer a don Arturo Rodríguez, un espejismo al pasado con matices actuales

Un texto de Victor Piñeyro


Esta serie de textos, que aparecerá bajo el tag Los Críticos Leen a los Críticos, son fruto de una serie de charlas realizadas por la Dirección General de Cine y su Cinemateca Dominicana, así como Adopresci, en la que cuatro críticos actuales (Ysidro García, Lauren Fernández Lora, Victor Piñeyro y Diana Tejada) se sumergieron en la obra de cuatro críticos fundacionales del país: Armando Almánzar, Oscar Torres, Arturo Rodríguez y Agustín Martín. En Simulacro MAG, quisimos darle seguimiento a estos textos y darles un espacio donde pudieran ser revisitados. Gracias a los que hicieron esta colaboración posible.


Calificando películas del 1 al 5, 30 años antes de Letterboxd.

Leer a un crítico fuera de su tiempo es una experiencia extraña y profundamente reveladora. Más aún cuando ese acto ocurre en un espacio que lleva su nombre. El año pasado tuve la oportunidad de participar en la actividad Los Críticos Leen a los Críticos impulsada por la Cinemateca Nacional, leyendo reseñas escritas por Arturo Rodríguez en 1980. Don Arturo fue uno de los críticos de cine más influyentes de la República Dominicana y hoy la Mediateca de la Cinemateca honra su legado llevando su nombre y de alguna manera dándole la importancia que se merece la crónica cinematográfica y su historia. No deja de ser simbólico, y también un poco abrumador, haber sido el primero en tomar la palabra en ese espacio, leyendo textos concebidos para otro momento histórico, otro ritmo de consumo cultural y otra relación entre el crítico, la obra y el público.

Los artículos de Arturo Rodríguez, publicados originalmente en periódicos impresos, revelan de inmediato una diferencia esencial con la crítica contemporánea: el espacio. Cada texto estaba condicionado por una extensión fija, por una columna delimitada, por un lugar físico que obligaba al crítico a tomar decisiones claras sobre qué decir y, sobre todo, qué dejar fuera. Esa limitación formal generaba una escritura más precisa, más económica, pero también más consciente de su función. Hoy, en la era digital, escribimos sin esa camisa de fuerza: el internet nos permite extendernos tanto como queramos, profundizar en múltiples capas, divagar incluso. Esa libertad, paradójicamente y al menos en mi caso, no siempre juega a favor de la claridad ni de la responsabilidad crítica—si es que se puede llamar responsabilidad en momentos sobre los cuales la influencia cinematográfica es bombardeada desde tantas fuentes y espacios.

Otra diferencia fundamental es el lugar desde dónde se escribía la crítica. Leer a Arturo Rodríguez es recordar que antes el crítico escribía con la certeza casi absoluta de que estaba siendo leído. Publicar en un periódico implicaba una audiencia concreta, cotidiana, amplia. Había una relación directa entre la crítica y el público, y también entre la crítica y la taquilla. Las palabras del crítico tenían peso: podían inclinar a una audiencia a ir al cine o a evitar una película. Esa certeza otorgaba una responsabilidad implícita, una especie de pacto silencioso con el lector.

Hoy, en cambio, muchos escribimos desde un anonimato relativo. Publicamos textos sin saber cuántas personas los leerán, ni si llegarán a alguien más allá de un pequeño círculo. Esa incertidumbre cambia la naturaleza del acto crítico. Se escribe más para uno mismo, para dejar constancia de una experiencia personal, que para orientar a un público masivo. La crítica se ha vuelto, en muchos casos, más introspectiva, más emocional, menos prescriptiva.

Es justamente ahí donde aparece uno de los contrastes que más me llamó la atención al leer a Arturo Rodríguez. Como “crítico” contemporáneo—totalmente desprendido de auto-definirme de esa forma, pues veo mi labor más como analista que como crítico—yo tiendo a privilegiar las emociones: cómo me hizo sentir una película, qué resonancias personales activó, qué huellas dejó en mí. Muchas veces hasta sin hablar de los aspectos de la película que afloraron esas emociones. En muchos de los textos de don Arturo, especialmente en aquellos más ligados a estrenos comerciales, se percibe una preocupación distinta: la necesidad de contextualizar la obra, de evaluar sus valores formales, narrativos y técnicos, pero también de comunicar si valía o no la pena pagar una taquilla para verla. En algunos casos, esa función orientadora parece incluso pesar más que la apreciación personal.

Sin embargo, sería injusto reducir su crítica a un ejercicio meramente funcional. Cuando una película realmente lo conmovía, Arturo Rodríguez no dudaba en escribir desde la emoción. Leer hoy su texto sobre “Barry Lyndon” (1975) es encontrarse con un crítico profundamente impactado por la experiencia cinematográfica, capaz de detenerse en la belleza, el ritmo y la ambición estética de la obra, aun cuando se trataba de una película que ya había estrenado en Estados Unidos, que contaba con una aceptación casi universal y que, en muchos casos, ya había atravesado, e incluso cerrado, su recorrido por la temporada de premios. Lo mismo ocurre con títulos como “Kramer vs. Kramer” (1979), cuya recepción y prestigio internacional ya estaban consolidados al momento de llegar a estas páginas, permitiéndole a don Arturo escribir desde una mirada más reposada, menos ansiosa por la primicia y más atenta a la experiencia humana y emocional que proponía la película.

...es Justin Henry, el niñito quien más llamará la atención del espectador. Y ahí sí que no hay niño prodigio que se le ponga al lado. Su nominación al Oscar no es un regalo. Es algo merecido. El niño se las trae. “Kramer vs. Kramer” es además un film universal, que trata un problema eterno, que llega a todo el mundo, que es comprendido por la audiencia, que no necesita de explicaciones previas, que conmueve, entretiene, distrae y ofrece una lección. Es un film positivo, digno, maravilloso que pasará a la historia del cine…”

A. Rodríguez. 1980. Kramer vs. Kramer.

En ese contexto, la crítica no necesitaba adelantarse al consenso ni imponer una lectura urgente, sino que podía asumir el rol de testimonio sensible frente a una obra ya conversada  por el mundo. Esto contrasta de forma evidente con la crítica contemporánea, donde incluso en la República Dominicana es cada vez más común, y casi una norma, que el crítico profesional tenga acceso a una película mucho antes que el público general, viéndose obligado a construir una opinión propia en aislamiento, sin referencias previas, sin premios anunciados y sin el respaldo del consenso, haciendo de la intuición y la honestidad personal un eje imprescindible del ejercicio crítico.

La selección de artículos que decidí leer fueron sobre películas que ya había visto, obras icónicas, títulos que forman parte del canon o que, al menos, dejaron una huella clara en la historia del cine. Pero también incluí películas menores, de consumo más ligero, incluso secuelas como “The Exorcist II: The Heretic” (1977), que don Arturo Rodríguez destruye sin contemplaciones. Esa diferencia de tono, entre la admiración profunda y la decepción frontal, resulta fascinante. Permite ver al crítico no como una voz uniforme, sino como un espectador activo, capaz de entusiasmarse y de irritarse, de celebrar y de rechazar. Aparte de causar varias risas durante la lectura.

Leer esos textos hoy, décadas después, también provoca un efecto físico. Hay algo en el papel, en la tipografía, en la forma en que las palabras estaban incrustadas entre anuncios y otras noticias, que genera una sensación de distancia temporal muy concreta. Es una lectura que exige imaginación: imaginar al lector de entonces, a las salas de cine hoy extintas, a la cartelera semanal, al crítico escribiendo sabiendo que su texto coexistiría con la vida cotidiana del país.

Al final, esta experiencia no fue sólo un ejercicio de lectura, sino de reflexión sobre el oficio. Leer a Arturo Rodríguez fue mirarme en un espejo desplazado en el tiempo. Me recordó que la crítica de cine no es solo un acto de análisis, sino también de mediación; no sólo una expresión personal, sino una responsabilidad cultural. Y aunque hoy escribamos desde otras plataformas, con otras certezas y otras dudas, entender cómo se escribía antes nos ayuda a pensar mejor cómo, y para quién, escribo hoy. Siempre me gusta pensar que no es sólo para mí.

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