La rúbrica de Armando Almánzar

Un texto de Ysidro García


Esta serie de textos, que aparecerá bajo el tag Los Críticos Leen a los Críticos, son fruto de una serie de charlas realizadas por la Dirección General de Cine y su Cinemateca Dominicana, así como Adopresci, en la que cuatro críticos actuales (Ysidro García, Lauren Fernández Lora, Victor Piñeyro y Diana Tejada) se sumergieron en la obra de cuatro críticos fundacionales del país: Armando Almánzar, Oscar Torres, Arturo Rodríguez y Agustín Martín. En Simulacro MAG, quisimos darle seguimiento a estos textos y darles un espacio donde pudieran ser revisitados. Gracias a los que hicieron esta colaboración posible.


Armando Almánzar, como buen personaje de una trama larga y redonda, tuvo muchos arcos narrativos. En apariencia, partían de senderos distintos, pero al final culminaban en un mismo punto: la pasión definía su vida. Fue docente, comunicador, cuentista y crítico de cine. Para este Premio Nacional de Literatura —entregado en la República Dominicana en 2012— su inclinación era evidente: contar y enseñar.

En lo que nos concierne en esta entrega, me gusta pensar que la labor de los críticos consiste en llevar el cine, y sus respectivas conversaciones, a un nivel de apreciación plural y honesto. Que sea idealmente integral y democrático, nunca excluyente ni absoluto. Armando, en ese sentido, también era un buen personaje porque su ejercicio como crítico estaba lleno de matices, convicciones y caprichos.

Por más de cinco décadas —a través de los periódicos Listín Diario y El Nacional, las revistas ¡Ahora! y Rumbo, el programa de radio A la hora señalada junto a Arturo Rodríguez por la emisora La X-102 FM, entre otros espacios— Armando cultivó una prolífica obra dedicada a comentar y reflexionar sobre cualquier tipo de película. Su estilo se caracterizaba por el rigor, la erudición, el humor y la más plena libertad editorial. Escribía y hablaba sin tapujos. Su rango de observación era amplio: de lo popular a lo autoral, entre el entretenimiento masivo hasta el cine de culto, sin jerarquía de gustos ni consideración a la procedencia de la obra cinematográfica.

Sus escritos e intervenciones forjaron a muchas generaciones de espectadores y cinéfilos dominicanos. Con él, no sólo se comprendía la película de turno, sino que se totalizaba la experiencia con referencias que enriquecían el visionado. Armando, además de aportar una perspectiva irreverente y llena de humor, conectaba el cine con el cine, la historia, la literatura y otras bellas artes. Sus críticas eran un compromiso con el placer, la estética y el lenguaje.

Si bien sus textos resultaban formativos a nivel narrativo y temático, sus críticas solían dejar en segundo plano el análisis profundo de los valores técnicos. Parafraseando al amigo Diego Cepeda, en las críticas de Armando había intuición, cultura y oficio, más que un afán en desmenuzar o desglosar los elementos cinematográficos.

Este contraste puede constatarse en las siguientes críticas que se recitaron en la pasada actividad de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2025. En el texto “Los recuerdos se van”, Armando comenta el impacto que le generó el cortometraje Tras las huellas de Palau, del cineasta y archivista dominicano René Fortunato. Con emoción y nostalgia, rescata la capacidad de la obra para evocar la memoria colectiva, preservar el material fílmico y reivindicar a figuras pioneras y vanguardistas de nuestro cine, como Jean-Luis Jorge y Óscar Torres.

En “La violencia del poder o la memoria de la sangre”, que alude a los dos reconocidos documentales Balaguer: La herencia del tirano y La violencia del poder (sic), Armando hace un recorrido por la herida que aún palpita en la sociedad dominicana tras el fin de la tiranía balaguerista. Es un extenso comentario que captura la resaca y desilusión de subsistir en “un estilo de vida que nos fue impuesto”; es una reflexión, un lamento fiel de una promesa inconclusa y olvidada.

En ambos casos se percibe la honda impresión que las obras de René dejaron en Armando. No la oculta; su entusiasmo es contagioso. Logra diseccionar la fuerza narrativa de las propuestas de Fortunato sin atenuar su carácter como observador. En cambio, no siempre conseguía trasladar esa capacidad de análisis a los componentes fundamentales del cortometraje y el documental, como el montaje, la selección y el uso de archivos, el nivel de la investigación histórica y la puesta en escena. Su mirada sí lograba transmitir la fuerza y la relevancia de las propuestas, pero no siempre explicaba cómo las decisiones estéticas producían dicho efecto. Explorar estos aspectos, en mi opinión, hubiesen sido valiosos y apropiados porque, en esencia, educan a los espectadores para futuros visionados y funcionan como una suerte de registro escrito de obras difíciles de encontrar o recordar.

Sería injusto afirmar que lo anterior estaba presente en todas las críticas de Armando. Por el contrario. Su atención a estos detalles se manifiesta, por ejemplo, en la lectura de su primer texto publicado en 1963. La película era The Roman Spring of Mrs. Stone (José Quintero, 1961) y en aquel entonces escribió de manera sucinta: “(…) el montaje no pasa de ser corriente, (…) la fotografía tiene breves momentos de felicidad con algunos encuadres atrevidos y ángulos apropiados (…), la música y el sonido están utilizados bastante bien (…)”. No obstante, se detecta claramente que el juicio de valor no llegaba a traducir la totalidad de una reflexión sobre la estética cinematográfica. El ejercicio de la crítica también se aboca a revelar y comentar los elementos que maximizan la experiencia de ver una película, por más insignificante o trascendente que sea.

Sin embargo, estas cuestiones que hemos destacado en el ejercicio de Armando no son necesariamente negativas: él priorizaba conectar emocional e intelectualmente con los espectadores. Tomemos su impresión del documental-ficción Carmita (Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, 2013) sobre la actriz cubana Carmen Ignarra. El texto sugiere que la obra humaniza a su protagonista y celebra el trabajo colaborativo y creativo detrás de la producción. Conecta con nosotros intelectualmente cuando reflexiona sobre la originalidad, la puesta en escena y el lenguaje cinematográfico, mientras que resuena emocionalmente cuando exalta aquellas historias, en principio, pequeñas, pero que poseen grandeza y dignidad. Para mí, es la película mejor lograda de la dupla de cineastas.

Armando influyó en la manera de ver, pensar y sentir el cine, incluso en mí. Fue mi iniciación, mi aproximación a la cinefilia. Era un niño cuando comencé el ritual sabatino de leer sus críticas en el Listín Diario. Todavía recuerdo con gracia los enojos que me provocaban algunas de ellas: cuando despotricaba en contra de la nueva versión de Yours, Mine & Ours (Raja Gosnell, 2005), declaraba el aburrimiento que le causó War Horse (Steven Spielberg, 2011) o permanecía imperturbable ante The Social Network (David Fincher, 2010). A pesar de nuestras diferencias —un veterano iconoclasta y yo un chamaquito curioso—, me enseñó que el cine se piensa, se debate y se siente.

En palabras de Pauline Kael y Susan Sontag, Armando Almánzar no aspiraba a una interpretación excesiva del cine. Este enfoque tiene mucho valor, pues nos aleja de frivolizar las películas y construye un eslabón importante en el pensamiento cinematográfico y artístico en la República Dominicana. En tiempos superficiales, se erige como un testamento de que aún es relevante la particular perspectiva de una persona culta, especializada y comprometida.


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